PARTE 2
Y bueno…para seguir con la información de lo que hay afuera de nuestras pistas encontramos en mi caso: a mi papá: el jefe, el Charrito, Don George.
Y poniéndole un lugar en el circo de mi vida debo ser honesta y definirlo como MI Cadenero estrella.
En mis buenos años de salidas en la noche al bar/antro que fuéramos siempre había un cadenero, de esos que si te ganabas sus simpatías te dejaba entrar sin esperar demasiado y que hacía la diferencia para los recién llegados que para los que teníamos rato ya frecuentando el lugar. Un buen cadenero, también te sacaba de apuros y te cuidaba, tenía el dominio de lo que pasaba adentro y afuera.
Pues en mi vida, mi papá ha sido ese…y es que en efecto, mi mamá te da el boleto, pero mi papá te deja entrar a mi vida…eso se llama derecho de admisión y no puede resultarme más fantástico que él sea justamente eso, el segundo filtro y al mismo tiempo quien te anima a aventarte a nadar ya que «si hay agua nadas y si no, yo aquí estoy para curarte la rota de cara».
Mi cadenero tiene su historia. El gesto adusto y sus convicciones y principios le han adjudicado un sin fin de enemistades y lo volvieron incómodo para muchos y ha aceptado lo que la vida le ha traído quejándose MUCHO MENOS que yo.
Sí se queja y sí se agria…pero del día a día y no de lo que la vida le ha puesto enfrente. Su forma de ver la vida me gusta: ha asumido de manera impresionante pasar de ser junior a trabajarle rompiéndose la madre y cuesta arriba por AÑOS. Más de 50 a estas alturas…se cansa pero los problemas lo nutren…no sé como lo hace pero ha aguantado y mucho.
De él he aprendido muchas cosas: a tratar a las personas, a no dejarme y pelear, a tragar camote, a trabajar, a ver un poquito más allá, a apechugar las consecuencias de tus decisiones y a veces a ser un poco negativa. Pero si algo me ha enseñado y espero que si lo tengo que poner en práctica lo haya yo aprendido bien es a que cuando un hijo tiene problemas y se sienta a contárselos con total franqueza y apertura (aceptando también las observaciones) el apoyo es incondicional y mucho más empático de lo tu esperabas.
Me preocupo por él porque los años ya se le notan y a mi se me mueven tantas cosas adentro, pero un día lo voy a tener que jubilar a mi cadenero y aprenderé a gestionar mi circo sin un digno sucesor, sólo la sabiduría que me ha dejado. Y digo sin un digno sucesor, porque a diferencia de mi taquillera, me parece que no le está siendo fácil encontrar a alguien para encaminarme.
En mi «cadenero» he encontrado la mirada más dulce atrás de un gesto adusto cuando me he sentido derrotada en el piso y ya no sé que más hace; cuando mi corazón ha estado tan triste que de solo pensar en soluciones duele, cuando me han fallado aquellos que nunca creí que lo hicieran.
Mi cadenero es de ojos dulces, de consejos con amor, de observaciones sin ataques…explosivo y visceral dice él, pero me han tocado los años en donde la visera y la explosión las cambió por el consejo del búho sabio.
Y todo esto que he contado es lo que le puso en ese estratégico lugar: la entrada a mi vida